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¿Susto o trato? O los singulares viajes de las muñecas de Ludmila

Buenas noches a todos y todas, lectores y lectoras del blog de Ludmila von Vampüren, una vez más. Os deseo que estéis pasando unas muy felices vacaciones, allá donde os encontréis: en la playa, en el campo, o en una cueva rodeados de murciélagos, que es un plan como otro cualquiera, sobre todo si sois un poco vampiros. Pues sí, también nuestros queridos vampirines están pasando unas vacaciones estivales maravillosas, como sabréis todos los que seguís a nuestra querida Ludmila von Vampüren en su Twitter, @Lilvampir. A lo largo de estos días han disfrutado de su estancia en Dubrovnik deleitándose con las bellezas del Mar Adriático y de su luz inigualable. Una luz de la que se tienen que cuidar, como buenos vampiros que son, aunque, la verdad, a la tita Carmila y al señor Korzeniowsky, “jefes” de la pequeña y tumultuosa expedición, tampoco les parece tan mal eso del sol porque, como ya sabréis, hace que disminuya la energía de vampiros y vampirines. Cosa muy de agradecer cuando tienes que bregar con los exaltados ánimos de un George du Sangrouge -ese pequeño poeta maldito de 8 años y con inclinación por el dramatismo romántico- o con la arrolladora personalidad de una Ludmila von Vampüren. Pero hoy quería hablaros de otros asuntos de no menor trascendencia que unas vacaciones. Sí, una vez más quería aprovechar para contaros algo más sobre las muñecas de Ludmila, por las que -no voy a negarlo- siento debilidad.

Todos vosotros, que seguís este blog y, por lo tanto, seguramente sois fans del género de terror en todas sus variantes -desde el excelso Edgar Allan Poe hasta las películas de miedo, pasando por “Cuarto Milenio”- sabéis que las muñecas tipo las de Ludmila von Vampüren son de esas que dan miedo cuando te las encuentras, pongamos por caso, en una casa de estilo victoriano mal ventilada y un poco siniestrilla. Más que nada porque son de esa clase de muñecas que abren sus ojitos cristalinos de largas pestañas y te dicen con sus boquitas de piñón “Hola, ¿quieres jugar conmigo?”..

Vale, contado así da muuuuucho escalofrío, pero la verdad verdadera es que detrás de eso, como ya sabéis los que habéis leído “posts” anteriores de este blog dedicados a ellas, lo que ocurre es que muñecas como las de Ludmila -Catriona, Edwina, Georgina y Paulina- no son unas muñecas “normales”. El Antiguo, que es el que las crea y distribuye a las niñas vampirinas que se han portado razonablemente mal durante el año, las diseña para que se comporten como auténticas niñitas pequeñas. Vamos, que tienen una vida propia. Y una personalidad, también propia, que en algunos casos -como el de Catriona- es de pronóstico reservado…

Estas singulares características les llevan a ser las compañeras ideales de Ludmila, para que las bañe, las lave, las peine, etc…, tomar el té con ella cuando vuelve del cole vampirín por la tarde, coger sueño con ella leyendo todas juntas algún libro, dar la razón a Ludmila en todo, etc…, etc…Y claro, unas personalidades tan ricas y variopintas también les llevan a tener una vena aventurera que se manifiesta en expediciones que las llevan hasta caserones victorianos encantados donde hacen ese número clásico del “¡Hola! ¿quieres jugar con nosotras?” que luego ves en películas o sometido a riguroso análisis por Iker Jiménez y Carmen Porter. Pero la cosa va más allá. A las muñecas de Ludmila, por ejemplo, les gusta vagar cuando no están ocupadas en ejercer de muñecas de nuestra egregia Ludmilina y suelen ir por ahí ocupando temporalmente cuerpos de niñas pequeñas normales, de en torno a 2 ó 3 años. C. (el papa de Iñakitin) y yo solemos verlas por la calle suplantando a dichas niñas muy a menudo. Para un ojo entrenado en las sutilezas del mundo vampirín es fácil detectarlo. Por más que las madres de las niñas afectadas no se den cuenta del sutil cambiazo que convierte a sus encantadoras vástagas en temporal mirador móvil de las curiosas y revoltosas muñecas de Ludmila, que, las pobres, se pirran por ver mundo y meter las narices en nuestra realidad cotidiana. Así palían el aburrimiento que supone esperar, sentadas en la cama de Ludmila, a que ésta regrese del colegio vampirín para tomar el té con ellas y comentar cómo han ido las cosas en el “Schlöss” de los Von Vampüren. Sí, sé que es un poco surrealista, pero es así. A mi también me costó entenderlo y aceptarlo, pero al final no me quedó más remedio que no rebelarme contra lo evidente. ¿Por qué lo hacen? Me preguntaba yo cuando pude percatarme de lo que sucedía. Pues, aparte de para poder contemplar el mundo humano sin el riesgo de ser vistas como acabo de deciros, también para vigilarme, y para controlar también a C., y así tener algo interesante que contar a Ludmila después.

En general esta gamberrada -una más- de las muñecas de Lud no tiene mayores consecuencias. A veces, la mamá de la niña que es absorbida por Catriona, Edwina, Paulina o Georgina, encuentra que el comportamiento de su hijita puede resultar algo extraño (la mirada algo más acuosa o perdida, por ejemplo, o que se vuelve más respondona), pero no sospechan lo que ocurre en realidad. Además, la usurpación de los cuerpos no dura mucho, van pasando de una niña a otra, y así nadie descubre nunca la verdad que se oculta en el fondo y que, de no ser por la entrañable relación que me une con Ludmilina y todo lo que le pertenece -como sus muñecas-, me resultaría más inquietante que un episodio especial de “Cuarto Milenio” visto a solas a las 12 de una noche de tormenta furibunda.

Pero es difícil ponerse en esa situación: las muñecas de Ludmila, en el fondo, son ¡tan mooonaas! que no me queda más remedio que pasar por alto sus inquisitivas excursiones saltando de niña humana en niña humana

Que sigáis disfrutando de vuestro merecido descanso todos aquellos que podáis hacerlo. Os envío un caluroso abrazo a todos. ¡Hasta la próxima semana!

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Las muñecas de Ludmila (3): Paulina

Buenas tardes/noches, queridos amigos y amigas. Como cada fin de semana, aquí estoy de nuevo para relataros ese universo paralelo al nuestro con el que me mantengo en contacto y que considero tengo la obligación de describiros en detalle. Al menos, me siento mejor que si tan sólo lo reservara para mí, os lo puedo asegurar.

Como recordaréis, desde hace algunas semanas estoy llevando a cabo una descripción de las muñecas de nuestra querida Ludmila, muñecas que ocupan un lugar importante en su pequeña vida y a las que dedica largas atenciones y cuidados. Así se va formando nuestra vampirina para el futuro mundo adulto, aunque para llegar a la “adultez” aún le queda mucho, mucho tiempo (dos siglos aproximadamente). En capítulos anteriores os conté de la traviesa Catriona y la aplicada Edwina y hoy me toca hablaros de Paulina.

Paulina, al igual que el resto de las muñecas, llegó en un Solsticio de invierno de manos del Antiguo. Unos días atrás, Ludmila había redactado en su escritorio de madera de ébano una cuidadosa carta donde le pedía al Antiguo una muñeca que tuviera muuuuchos vestidos. Y el Antiguo reservó para ella a Paulina, que, aunque no tenía tantos vestidos como pedía Ludmila, podría ir acumulándolos con el paso del tiempo, y su carácter era idóneo para tratar con nuestra vampirina. Paulina no llegó en una caja, sino que directamente se acercó hasta la ventana de Ludmila. Sin caja ni nada, volando, como tan bien saben hacer las muñecas de las niñas vampirinas.

El día principal del Solsticio de invierno (es decir, el día de Navidad para los humanos), a primera hora de la mañana, Paulina lanzó unas pequeñas piedritas de mármol al cristal de la ventana de Ludmila. Ésta abrió un ojo molesta por el ruido, mientras prestaba atención a ese repiqueteo que llegaba de algún lado. Las piedritas siguieron cayendo sobre el cristal de la ventana, así que abrió el otro ojo. Un poco más tarde se levantó a ver qué sucedía y de dónde llegaba ese extraño sonido. Así que descorrió el enorme cortinón de color bermellón de su ventana y pudo ver a través de su cristal a la muñeca que le miraba lánguida y sonriente mientras le decía: “¡Hola Ludmila! ¿Quieres jugar conmigo?”. Tras la sorpresa inicial, nuestra pequeña vampirina se puso a dar saltos de alegría y abrió la ventana de par en par. Junto a un viento gélido (las montañas estaban nevadas y en el bosque colindante al castillo de Ludmila se podía ver el hielo en cada rincón) entró Paulina, ataviada con un grueso abrigo verde oscuro, unas botitas de piel de oso, y una bufanda de lana de color pardo. Tan solo traía consigo una pequeña maletita con algunas pertenencias inexcusables (un cepillo de pelo, un gorro y camisón de dormir…). Enseguida Ludmila la acogió en su habitación, la puso junto a la chimenea y comenzó a peinarla y a acomodarla en el que iba a ser su nuevo y futuro hogar por los tiempos de los tiempos.

Con el transcurso del susodicho tiempo, Paulina se reveló como una muñeca tranquila, que encajaba perfectamente con el carácter de Ludmila, porque no chocaban en absoluto. Lánguida y sosegada, es una muñeca muy soñadora, que siempre tiene su pequeña cabecita de muñeca vampirina en algún lugar lejano. Le gusta soñar con paisajes tranquilos y nevados, con casas encantadas en las que poder asustar a los humanos sin demasiadas extravagancias, y no le da ningún problema a su “ama” Ludmila. Hace sus trabajos de muñeca cuando así se le manda (contabiliza gnomos del bosque, abanica a Ludmila…), y, con tal de que le dejen sus momentos de soledad para imaginar lo que quiera, no da ningún problema.

Pues nada más por hoy, queridos y queridas. Os dejo, que tengo un besugo en el horno y no quiero que se me queme: hoy hace fresco por aquí, por el Norte, y no me gustaría que se agotasen mis defensas por falta de alimentos. ¡Hasta la próxima semana!