Las muñecas de Ludmila (3): Paulina

Buenas tardes/noches, queridos amigos y amigas. Como cada fin de semana, aquí estoy de nuevo para relataros ese universo paralelo al nuestro con el que me mantengo en contacto y que considero tengo la obligación de describiros en detalle. Al menos, me siento mejor que si tan sólo lo reservara para mí, os lo puedo asegurar.

Como recordaréis, desde hace algunas semanas estoy llevando a cabo una descripción de las muñecas de nuestra querida Ludmila, muñecas que ocupan un lugar importante en su pequeña vida y a las que dedica largas atenciones y cuidados. Así se va formando nuestra vampirina para el futuro mundo adulto, aunque para llegar a la “adultez” aún le queda mucho, mucho tiempo (dos siglos aproximadamente). En capítulos anteriores os conté de la traviesa Catriona y la aplicada Edwina y hoy me toca hablaros de Paulina.

Paulina, al igual que el resto de las muñecas, llegó en un Solsticio de invierno de manos del Antiguo. Unos días atrás, Ludmila había redactado en su escritorio de madera de ébano una cuidadosa carta donde le pedía al Antiguo una muñeca que tuviera muuuuchos vestidos. Y el Antiguo reservó para ella a Paulina, que, aunque no tenía tantos vestidos como pedía Ludmila, podría ir acumulándolos con el paso del tiempo, y su carácter era idóneo para tratar con nuestra vampirina. Paulina no llegó en una caja, sino que directamente se acercó hasta la ventana de Ludmila. Sin caja ni nada, volando, como tan bien saben hacer las muñecas de las niñas vampirinas.

El día principal del Solsticio de invierno (es decir, el día de Navidad para los humanos), a primera hora de la mañana, Paulina lanzó unas pequeñas piedritas de mármol al cristal de la ventana de Ludmila. Ésta abrió un ojo molesta por el ruido, mientras prestaba atención a ese repiqueteo que llegaba de algún lado. Las piedritas siguieron cayendo sobre el cristal de la ventana, así que abrió el otro ojo. Un poco más tarde se levantó a ver qué sucedía y de dónde llegaba ese extraño sonido. Así que descorrió el enorme cortinón de color bermellón de su ventana y pudo ver a través de su cristal a la muñeca que le miraba lánguida y sonriente mientras le decía: “¡Hola Ludmila! ¿Quieres jugar conmigo?”. Tras la sorpresa inicial, nuestra pequeña vampirina se puso a dar saltos de alegría y abrió la ventana de par en par. Junto a un viento gélido (las montañas estaban nevadas y en el bosque colindante al castillo de Ludmila se podía ver el hielo en cada rincón) entró Paulina, ataviada con un grueso abrigo verde oscuro, unas botitas de piel de oso, y una bufanda de lana de color pardo. Tan solo traía consigo una pequeña maletita con algunas pertenencias inexcusables (un cepillo de pelo, un gorro y camisón de dormir…). Enseguida Ludmila la acogió en su habitación, la puso junto a la chimenea y comenzó a peinarla y a acomodarla en el que iba a ser su nuevo y futuro hogar por los tiempos de los tiempos.

Con el transcurso del susodicho tiempo, Paulina se reveló como una muñeca tranquila, que encajaba perfectamente con el carácter de Ludmila, porque no chocaban en absoluto. Lánguida y sosegada, es una muñeca muy soñadora, que siempre tiene su pequeña cabecita de muñeca vampirina en algún lugar lejano. Le gusta soñar con paisajes tranquilos y nevados, con casas encantadas en las que poder asustar a los humanos sin demasiadas extravagancias, y no le da ningún problema a su “ama” Ludmila. Hace sus trabajos de muñeca cuando así se le manda (contabiliza gnomos del bosque, abanica a Ludmila…), y, con tal de que le dejen sus momentos de soledad para imaginar lo que quiera, no da ningún problema.

Pues nada más por hoy, queridos y queridas. Os dejo, que tengo un besugo en el horno y no quiero que se me queme: hoy hace fresco por aquí, por el Norte, y no me gustaría que se agotasen mis defensas por falta de alimentos. ¡Hasta la próxima semana!

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